
Desde el Romanticismo hasta el Modernismo (mediados del siglo XIX hasta comienzos del siglo XX), la naturaleza había sido representada en la literatura de América Latina como una respuesta a las emociones y sentimientos del ser humano (Romanticismo), como signo de la barbarie y lo no domesticado (Naturalismo) o como paisaje de cultura (Modernismo). Con las Vanguardias, la Naturaleza no desaparece sino que debido a la exuberancia que tiene en el continente sigue siendo un referente importante para los escritores y los
poetas, como es el caso de Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Pablo Neruda y Pablo de Rokha. Todos ellos coinciden en personificar los elementos naturales y agregarles características oníricas y surrealistas, integrándolos a los sueños y las pesadillas humanas, dándoles una continuidad con la realidad de los seres humanos como si no hubiera una separación entre lo natural, lo animal y lo humano. El ser humano pasa a formar parte de la naturaleza y la naturaleza del ser humano.
El propio lenguaje se descoyunta,
se fragmenta, se hace caótico, confuso, irracional y el texto sigue tiene un ritmo que integra al sujeto con el objeto.
El lenguaje poético imita la lluvia, el mar, el bosque, la tierra, la arena, el río.





